lunes, 26 de marzo de 2012

La cultura de la muerte. ¿Para cuando la de la vida?

Así se expresa al menos la Iglesia Católica y sus acólitos cuando se refieren al aborto. Y algo de razón manejan. Ya hablaremos de esto en mejor ocasión.


Pero ¿es que no es cultura de la muerte las invasiones y guerras provocadas por el mundo occidental? ¿No es cultura de la muerte la industria armamentística? ¿No lo son los golpes de estado sangrientos y la continuidad consentida de esos regímenes? ¿No son acaso cultura de la muerte las ejecuciones de condenas que quitan la vida? ¿No te parece que también matan aunque no quitan la vida aquellas leyes que sojuzgan e impiden la libertad? ¿No ves cultura de la muerte en la moral de aquellas religiones que matan en esta vida diciendo que la “verdadera” viene después de la vida? ¿No ves muerte en el enriquecimiento descontrolado en beneficio de unos pocos, a costa de la destrucción del Planeta en nombre del “progreso”? ¿Es que no hay muerte en la extinción de especies tanto de flora como de fauna? ¿Es que no ves muerte en la especulación de los mercados de alimentos que los encarecen y hacen que mueran cientos de miles de seres humanos por hambre? ¿Es que no hay muerte en sociedades a las que no llegan las industrias farmacéuticas y sus marcas? Yo no sé tú, pero yo veo muerte evitable por todos sitios.

Ahora resulta que según los católicos, estamos en la cultura de la muerte, y puede que manejen algo de razón, pero… ¿por qué sólo denuncian una de los cientos de clases de muertes denunciables? ¿Es hipocresía, me pregunto? ¡Esta es la cultura de la muerte!

Una tarde-noche, llegué algo temprano a Valencia a una reunión sobre el esperanto. Estaba cerca de la catedral. Viejos recuerdos me vinieron a la mente cuando a mediados de los 60, cuando era estudiante en Valencia, mi novia y yo, sentados en uno de aquellos bancos algo protegidos de miradas extrañas, nos dábamos los primeros besos “en serio”. Habían transcurrido casi 50 años de ello, y lo reviví como si estuviera ocurriendo en esos momentos. Era la vida que empezaba entonces a abrirse paso.

Mis pasos oscilantes (sin rumbo) me llevaban a través del jardín evocado hacia la catedral, a unos cincuenta metros. Mi cuerpo se había vuelto sensible. Tenía tiempo, no había prisa. Una gran alegría exenta de nostalgia salía de mi interior a raudales. Vi la enorme puerta de la catedral, algo me llamaba y hacia allí dirigí mis pasos. Sinceramente hacía quizás más de 30 años que no había estado en su interior. La última vez fui con mi padre. Lo recuerdo perfectamente.

Traspasé el umbral. Acabada de entrar en un mundo de penumbra que nada tenía que ver con el mundo que había dejado atrás. Los ecos de algunos ligeros ruidos, pasos y susurros, se iban abriendo paso entre columnas, capiteles, cúpulas, bancos de madera, altares… Algún foco aquí y allá iluminaba algunas estatuas, cuadros y frescos. Los cirios encendidos impregnaban el ambiente de un reconocible olor que me llevaba a unos momentos del pasado. En uno de los altares laterales de la izquierda se estaba celebrando una misa. Los rezos resonantes de los fieles me invitaban a acercarme y recordar aquello. No había nadie que no tuviera menos de 60 años de edad; la mía más o menos. ¡Era gente de mi edad! ¡Qué lejos estaba yo de aquellas personas! Yo había sido como ellas, pero el tiempo había transcurrido.

Me fijé en el corazón de la virgen atravesado mientras sostenía el cuerpo inerte de su hijo. Vi a Jesús de Nazaret crucificado. San Lorenzo asado en una parrilla y San Sebastián acribillado a flechazos… En unos frescos recién descubiertos, vi unas cabezas con alas de angelitos que elevaban al cielo ciertas almas. Un sacerdote anciano salía en esos momentos de una puerta lateral y cruzó frente a mí por delante de un cuadro… Todo aquello era la muerte. Todo invitaba a pensar-sentir que aquello era la muerte y de soslayo aparecía el mensaje de esperanza de la “verdadera vida”.









Un sentimiento doble surgía desde mi interior, por una parte sentía que la muerte no me importaba nada, por otra tenía la sensación de estar ubicado en un lugar muy distinto al de aquellas personas. Te doy mi palabra que me sentía orgulloso. Me había costado sudor y lagrimas, me lo había trabajado profundamente, pero ahora estaba donde estaba y me sentía feliz, satisfecho.

Esa es la cultura de la muerte; la que nos dice perennemente aquello de “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero” Precioso sentimiento poético-místico de Santa Teresa, pero que no es eso, no es eso. Hay que hacer como otros muchos poetas, escritores, pintores, escultores, artistas todos, hay que cantar a la vida. ¿Para cuando la cultura de la vida?



Queridos seres humanos, ¿por qué no le damos caña a la idea de la muerte y nos centramos en la vida? ¡Démosle caña a la muerte! Decid fuerte conmigo; todos a la vez: ¡VIVA LA VIDA!


Juan-Lorenzo
dalescana@gmail.com                                                    Más artículos sobre Humanismo

No hay comentarios:

Publicar un comentario